
¿Por qué pensamos mejor cuando caminamos?
Llevas horas dándole vueltas a un problema o no encuentras una solución concreta, decides salir a dar un paseo y, sin darte cuenta, vuelves con las ideas mucho más claras.
¿Te ha pasado alguna vez?
No es casualidad. Caminar tiene un efecto muy positivo sobre nuestra mente. De hecho, muchas veces no necesitamos encontrar la respuesta inmediatamente; lo que realmente necesitamos es dejar de buscarla durante un rato.
Vivimos tan acostumbrados a intentar resolverlo todo cuanto antes que olvidamos que nuestro cerebro también necesita espacio para pensar.
Cuando pensamos demasiado… dejamos de pensar bien
Seguro que conoces esa sensación. Le das vueltas a una conversación, repasas una decisión una y otra vez, imaginas todos los escenarios posibles… y, lejos de sentirte tranquilidad, acabas con más confusión.
A esto, en psicología, lo llamamos rumiación: ese hábito de pensar continuamente sobre un problema sin llegar realmente a resolverlo.
Es como si nuestra mente entrara en un bucle sin salida. Y cuanto más intentamos obligarnos a encontrar una solución, más difícil resulta verla.
Caminar cambia el foco
Cuando salimos a caminar, nuestra atención deja de estar atrapada únicamente en aquello que nos preocupa.
Casi sin darnos cuenta, empezamos a fijarnos en el sonido que tenemos alrededor, en las personas con las que nos cruzamos, en el ritmo de nuestros pasos o incluso en nuestra respiración.
Nuestro cerebro sigue pensando, pero ya no lo hace desde la misma tensión.
Las mejores ideas no siempre aparecen cuando las buscamos
¿Has recordado el nombre de alguien justo cuando ya habías dejado de intentarlo?
¿O has encontrado la solución a un problema mientras te duchabas, cocinabas o paseabas?
Nuestro cerebro sigue trabajando, aunque no seamos conscientes de ello.
Por eso, muchas veces, alejarnos un rato de aquello que nos preocupa resulta mucho más útil que permanecer bloqueados frente al ordenador o mirando el móvil esperando que aparezca la inspiración.
No es magia. Es darle a nuestra mente la oportunidad de reorganizar la información.
Caminar también ayuda a poner las emociones en su sitio
Cuando estamos muy nerviosos, enfadados o preocupados, todo parece más grande, más grave.
Las decisiones cuestan más, los pensamientos se aceleran y cualquier problema parece tener una única solución… normalmente la peor.
Mover el cuerpo ayuda a reducir esa intensidad emocional. No porque el problema desaparezca, sino porque nosotros dejamos de enfrentarnos a él desde el mismo nivel de tensión.
Cuando las emociones se calman un poco, también resulta más fácil pensar con claridad.
Tras un paseo volverás sintiéndote un poco mejor que cuando saliste. Y, a veces, eso ya es un gran comienzo.
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Estrés crónico: qué le ocurre a nuestro cerebro cuando vivimos en “modo alerta”
Vivimos conectados, acelerados y permanentemente pendientes de todo. Mensajes, trabajo, responsabilidades, pantallas, ruido mental, preocupación constante… Muchas personas sienten que no descansan realmente nunca, incluso cuando paran.
Precisamente sobre esto habló recientemente la psiquiatra Marian Rojas Estapé en una conferencia celebrada en el Colegio de Médicos de Madrid, organizada por Doctoralia. Durante su intervención explicó cómo el estrés crónico afecta directamente a nuestra salud física, emocional y cognitiva.
Y dejó una reflexión muy clara: “El ser humano no está diseñado para vivir en modo alerta”.
¿Qué ocurre en el cuerpo cuando vivimos estresados?
El estrés no es negativo en sí mismo. De hecho, es un mecanismo biológico imprescindible para la supervivencia. El problema aparece cuando el organismo permanece activado durante demasiado tiempo.
Cuando el cerebro detecta una amenaza —real o percibida— se activa un sistema llamado eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HHA), uno de los principales mecanismos neuroendocrinos que regulan la respuesta al estrés.
El proceso funciona así:
- El hipotálamo libera CRH.
- La hipófisis segrega ACTH.
- Las glándulas suprarrenales producen cortisol, conocida como la hormona del estrés.
A corto plazo, esta respuesta es adaptativa: nos ayuda a reaccionar, concentrarnos y responder ante situaciones difíciles. Pero cuando el eje HHA permanece activado de forma constante, el cuerpo empieza a pagar un precio físico y psicológico.
Las consecuencias del estrés crónico
Mantener niveles elevados de cortisol durante largos periodos puede afectar directamente a:
- la concentración
- la memoria
- la toma de decisiones
- el sueño
- la regulación emocional
- la sensación de bienestar general
Muchas personas comienzan a experimentar síntomas como:
- cansancio constante
- irritabilidad
- ansiedad persistente
- insomnio
- sensación de saturación mental
- dificultad para desconectar
- fatiga emocional.
Además, el cuerpo también expresa aquello que no conseguimos gestionar emocionalmente.
Otra de las frases destacadas de Marian Rojas Estapé fue: “El cuerpo no miente, expresa la somatización”.
¿Qué significa somatizar?
Somatizar no es “imaginarse” síntomas ni tampoco una señal de debilidad. Es la forma en la que el organismo expresa conflictos emocionales no procesados a través del cuerpo.
Dolores musculares, problemas digestivos, cefaleas, tensión corporal, cansancio extremo o sensación de ahogo pueden estar relacionados con estados prolongados de estrés y ansiedad.
El cuerpo y la mente no funcionan por separado. Lo emocional también tiene un impacto fisiológico real.
Hiperconectividad y sobrecarga mental
Uno de los aspectos más interesantes de la conferencia fue cómo relacionó el estrés actual con la hiperestimulación constante en la que vivimos.
Nuestro cerebro no está preparado para recibir información continua sin pausas. La multitarea, la hiperconectividad y la sensación de estar siempre disponibles mantienen al organismo en un estado de hipervigilancia que dificulta el descanso mental.
Y eso termina afectando a la atención, al foco y a la capacidad de regular nuestras emociones.
¿Cómo podemos reducir el impacto del estrés?
Aunque no podemos eliminar completamente el estrés de nuestra vida, sí podemos aprender a regularlo mejor.
Durante la charla, Marian Rojas Estapé insistió en algunos hábitos fundamentales para proteger la salud mental:
1. Respirar conscientemente:
La respiración profunda ayuda a reducir la activación fisiológica y favorece la disminución del cortisol.
2. Dormir bien
El descanso permite que el cerebro y el sistema nervioso se recuperen del estado de alerta continuado.
3. Hacer ejercicio físico
Definió el deporte como “fertilizante del cerebro”, por sus efectos positivos sobre el estado de ánimo, la concentración y la regulación emocional.
4. Cuidar los vínculos personales
Las relaciones seguras y el contacto con personas que nos hacen bien tienen un efecto regulador sobre el estrés.
Aquí entra en juego otra hormona importante: la oxitocina, relacionada con el vínculo social y la sensación de seguridad emocional.
5. Aprender a gestionar lo que sentimos
Porque, como también señaló durante la conferencia: “No enfermamos por lo que sentimos, sino por lo que reprimimos”.
La importancia de parar
Vivimos en una cultura que premia la productividad constante, la inmediatez y el rendimiento. Pero el cuerpo necesita pausas, descanso y conexión emocional para mantenerse en equilibrio.
Escuchar lo que sentimos, poner límites, reducir la sobrecarga mental y pedir ayuda cuando la necesitamos no es debilidad. Es salud.
Y quizá una de las ideas más importantes sea precisamente esa: dejar de normalizar vivir permanentemente en “modo alerta”.
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