
¿Por qué pensamos mejor cuando caminamos?
Llevas horas dándole vueltas a un problema o no encuentras una solución concreta, decides salir a dar un paseo y, sin darte cuenta, vuelves con las ideas mucho más claras.
¿Te ha pasado alguna vez?
No es casualidad. Caminar tiene un efecto muy positivo sobre nuestra mente. De hecho, muchas veces no necesitamos encontrar la respuesta inmediatamente; lo que realmente necesitamos es dejar de buscarla durante un rato.
Vivimos tan acostumbrados a intentar resolverlo todo cuanto antes que olvidamos que nuestro cerebro también necesita espacio para pensar.
Cuando pensamos demasiado… dejamos de pensar bien
Seguro que conoces esa sensación. Le das vueltas a una conversación, repasas una decisión una y otra vez, imaginas todos los escenarios posibles… y, lejos de sentirte tranquilidad, acabas con más confusión.
A esto, en psicología, lo llamamos rumiación: ese hábito de pensar continuamente sobre un problema sin llegar realmente a resolverlo.
Es como si nuestra mente entrara en un bucle sin salida. Y cuanto más intentamos obligarnos a encontrar una solución, más difícil resulta verla.
Caminar cambia el foco
Cuando salimos a caminar, nuestra atención deja de estar atrapada únicamente en aquello que nos preocupa.
Casi sin darnos cuenta, empezamos a fijarnos en el sonido que tenemos alrededor, en las personas con las que nos cruzamos, en el ritmo de nuestros pasos o incluso en nuestra respiración.
Nuestro cerebro sigue pensando, pero ya no lo hace desde la misma tensión.
Las mejores ideas no siempre aparecen cuando las buscamos
¿Has recordado el nombre de alguien justo cuando ya habías dejado de intentarlo?
¿O has encontrado la solución a un problema mientras te duchabas, cocinabas o paseabas?
Nuestro cerebro sigue trabajando, aunque no seamos conscientes de ello.
Por eso, muchas veces, alejarnos un rato de aquello que nos preocupa resulta mucho más útil que permanecer bloqueados frente al ordenador o mirando el móvil esperando que aparezca la inspiración.
No es magia. Es darle a nuestra mente la oportunidad de reorganizar la información.
Caminar también ayuda a poner las emociones en su sitio
Cuando estamos muy nerviosos, enfadados o preocupados, todo parece más grande, más grave.
Las decisiones cuestan más, los pensamientos se aceleran y cualquier problema parece tener una única solución… normalmente la peor.
Mover el cuerpo ayuda a reducir esa intensidad emocional. No porque el problema desaparezca, sino porque nosotros dejamos de enfrentarnos a él desde el mismo nivel de tensión.
Cuando las emociones se calman un poco, también resulta más fácil pensar con claridad.
Tras un paseo volverás sintiéndote un poco mejor que cuando saliste. Y, a veces, eso ya es un gran comienzo.
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Fatiga digital: cómo saber si tu cerebro necesita desconectar
Vivimos conectados. Consultamos el móvil al despertarnos. Respondemos mensajes mientras trabajamos. Revisamos redes sociales en los momentos de descanso y terminamos el día frente a una pantalla.
La tecnología nos facilita muchas tareas y nos mantiene en contacto con los demás. Pero también puede generar un desgaste mental que a menudo pasa desapercibido: la fatiga digital.
Aunque no se trata de un diagnóstico clínico, cada vez más personas refieren sentirse agotadas, dispersas y mentalmente saturadas tras largas jornadas de exposición a pantallas, notificaciones e información constante.
Nuestro cerebro está preparado para procesar estímulos, pero no para hacerlo de forma ininterrumpida.
¿Qué es la fatiga digital?
La fatiga digital es el cansancio físico, mental y emocional que puede aparecer como consecuencia del uso excesivo o continuado de dispositivos tecnológicos. No depende únicamente del número de horas frente a una pantalla, sino también de la cantidad de información que recibimos, las interrupciones constantes y la sensación de estar siempre disponibles.
Cada correo, mensaje, alerta o actualización reclama nuestra atención. Aunque apenas les dediquemos unos segundos, estos cambios constantes de foco tienen un coste cognitivo. El cerebro necesita tiempo para concentrarse, procesar información y recuperarse.
Señales de que podrías estar experimentando fatiga digital
Muchas veces normalizamos ciertos síntomas sin relacionarlos con nuestros hábitos tecnológicos. Algunas señales frecuentes son:
- Dificultad para concentrarse durante periodos prolongados.
- Sensación de tener la mente saturada o «nublada».
- Cansancio mental incluso después de realizar tareas aparentemente sencillas.
- Necesidad de consultar el móvil de forma automática o compulsiva.
- Problemas para desconectar del trabajo al finalizar la jornada.
- Alteraciones del sueño o dificultad para conciliarlo.
Si te reconoces en varios de estos síntomas, puede ser una señal de que tu cerebro necesita más pausas y menos estimulación.
¿Por qué las pantallas nos agotan?
Uno de los factores más importantes es la sobrecarga de información. Cada día recibimos una cantidad de datos muy superior a la que recibían generaciones anteriores. Noticias, mensajes, vídeos, correos electrónicos, redes sociales y contenidos de todo tipo compiten por nuestra atención.
Además, las notificaciones actúan como pequeños estímulos que interrumpen nuestros procesos mentales. Cada vez que dejamos una tarea para revisar un mensaje, nuestro cerebro necesita un esfuerzo adicional para volver a concentrarse.
A esto se suma la llamada «presencia permanente»: la sensación de que debemos estar disponibles y responder de forma inmediata. Esta expectativa puede dificultar el descanso psicológico, incluso cuando no estamos trabajando.
El impacto en nuestro bienestar emocional
La fatiga digital no solo afecta a la concentración. También puede influir en nuestro estado de ánimo y bienestar emocional.
Cuando estamos expuestos de forma continua a estímulos, el sistema nervioso permanece en un estado de activación constante. Esto puede favorecer la aparición de estrés, ansiedad y sensación de agotamiento emocional.
Por otro lado, el consumo excesivo de redes sociales puede fomentar la comparación constante con los demás, generando sentimientos de insuficiencia, frustración o baja autoestima.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de utilizarla de manera consciente y equilibrada.
Cómo ayudar a tu cerebro a desconectar
Pequeños cambios en nuestras rutinas pueden marcar una diferencia importante:
- Establece momentos sin pantallas: reservar espacios libres de dispositivos ayuda al cerebro a reducir la estimulación. Por ejemplo, durante las comidas, antes de dormir o durante un paseo.
- Desactiva las notificaciones innecesarias: no todas las aplicaciones requieren atención inmediata. Reducir las interrupciones favorece la concentración y disminuye la sensación de urgencia constante.
- Practica el monotasking: realizar una sola tarea a la vez permite un procesamiento más eficiente y reduce el desgaste cognitivo asociado a la multitarea.
- Introduce pausas reales: el cerebro agradece actividades diferentes: caminar, leer, estirarse o simplemente observar el entorno.
Cuida el descanso nocturno: evita el uso de dispositivos durante la última hora antes de acostarse para favorecer una mejor calidad del sueño.
La importancia de recuperar espacios de desconexión
En una sociedad hiperconectada, desconectar puede parecer un lujo. Sin embargo, para nuestro cerebro es una necesidad.
Los momentos de pausa permiten procesar experiencias, consolidar aprendizajes, regular emociones y recuperar recursos mentales. El aburrimiento ocasional, tan evitado hoy en día, también cumple una función importante: favorece la creatividad, la reflexión y el descanso cognitivo.
La tecnología forma parte de nuestras vidas y aporta numerosos beneficios. El reto no consiste en eliminarla, sino en encontrar un equilibrio que nos permita aprovechar sus ventajas sin sacrificar nuestro bienestar psicológico.
Quizá la pregunta no sea cuánto tiempo pasamos conectados, sino cuánto tiempo dedicamos realmente a desconectar.
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Estrés crónico: qué le ocurre a nuestro cerebro cuando vivimos en “modo alerta”
Vivimos conectados, acelerados y permanentemente pendientes de todo. Mensajes, trabajo, responsabilidades, pantallas, ruido mental, preocupación constante… Muchas personas sienten que no descansan realmente nunca, incluso cuando paran.
Precisamente sobre esto habló recientemente la psiquiatra Marian Rojas Estapé en una conferencia celebrada en el Colegio de Médicos de Madrid, organizada por Doctoralia. Durante su intervención explicó cómo el estrés crónico afecta directamente a nuestra salud física, emocional y cognitiva.
Y dejó una reflexión muy clara: “El ser humano no está diseñado para vivir en modo alerta”.
¿Qué ocurre en el cuerpo cuando vivimos estresados?
El estrés no es negativo en sí mismo. De hecho, es un mecanismo biológico imprescindible para la supervivencia. El problema aparece cuando el organismo permanece activado durante demasiado tiempo.
Cuando el cerebro detecta una amenaza —real o percibida— se activa un sistema llamado eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HHA), uno de los principales mecanismos neuroendocrinos que regulan la respuesta al estrés.
El proceso funciona así:
- El hipotálamo libera CRH.
- La hipófisis segrega ACTH.
- Las glándulas suprarrenales producen cortisol, conocida como la hormona del estrés.
A corto plazo, esta respuesta es adaptativa: nos ayuda a reaccionar, concentrarnos y responder ante situaciones difíciles. Pero cuando el eje HHA permanece activado de forma constante, el cuerpo empieza a pagar un precio físico y psicológico.
Las consecuencias del estrés crónico
Mantener niveles elevados de cortisol durante largos periodos puede afectar directamente a:
- la concentración
- la memoria
- la toma de decisiones
- el sueño
- la regulación emocional
- la sensación de bienestar general
Muchas personas comienzan a experimentar síntomas como:
- cansancio constante
- irritabilidad
- ansiedad persistente
- insomnio
- sensación de saturación mental
- dificultad para desconectar
- fatiga emocional.
Además, el cuerpo también expresa aquello que no conseguimos gestionar emocionalmente.
Otra de las frases destacadas de Marian Rojas Estapé fue: “El cuerpo no miente, expresa la somatización”.
¿Qué significa somatizar?
Somatizar no es “imaginarse” síntomas ni tampoco una señal de debilidad. Es la forma en la que el organismo expresa conflictos emocionales no procesados a través del cuerpo.
Dolores musculares, problemas digestivos, cefaleas, tensión corporal, cansancio extremo o sensación de ahogo pueden estar relacionados con estados prolongados de estrés y ansiedad.
El cuerpo y la mente no funcionan por separado. Lo emocional también tiene un impacto fisiológico real.
Hiperconectividad y sobrecarga mental
Uno de los aspectos más interesantes de la conferencia fue cómo relacionó el estrés actual con la hiperestimulación constante en la que vivimos.
Nuestro cerebro no está preparado para recibir información continua sin pausas. La multitarea, la hiperconectividad y la sensación de estar siempre disponibles mantienen al organismo en un estado de hipervigilancia que dificulta el descanso mental.
Y eso termina afectando a la atención, al foco y a la capacidad de regular nuestras emociones.
¿Cómo podemos reducir el impacto del estrés?
Aunque no podemos eliminar completamente el estrés de nuestra vida, sí podemos aprender a regularlo mejor.
Durante la charla, Marian Rojas Estapé insistió en algunos hábitos fundamentales para proteger la salud mental:
1. Respirar conscientemente:
La respiración profunda ayuda a reducir la activación fisiológica y favorece la disminución del cortisol.
2. Dormir bien
El descanso permite que el cerebro y el sistema nervioso se recuperen del estado de alerta continuado.
3. Hacer ejercicio físico
Definió el deporte como “fertilizante del cerebro”, por sus efectos positivos sobre el estado de ánimo, la concentración y la regulación emocional.
4. Cuidar los vínculos personales
Las relaciones seguras y el contacto con personas que nos hacen bien tienen un efecto regulador sobre el estrés.
Aquí entra en juego otra hormona importante: la oxitocina, relacionada con el vínculo social y la sensación de seguridad emocional.
5. Aprender a gestionar lo que sentimos
Porque, como también señaló durante la conferencia: “No enfermamos por lo que sentimos, sino por lo que reprimimos”.
La importancia de parar
Vivimos en una cultura que premia la productividad constante, la inmediatez y el rendimiento. Pero el cuerpo necesita pausas, descanso y conexión emocional para mantenerse en equilibrio.
Escuchar lo que sentimos, poner límites, reducir la sobrecarga mental y pedir ayuda cuando la necesitamos no es debilidad. Es salud.
Y quizá una de las ideas más importantes sea precisamente esa: dejar de normalizar vivir permanentemente en “modo alerta”.
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Trastorno por déficit de naturaleza: cuando la vida interior se empobrece por falta de exterior
¿Sabías que las personas que pasan mucho tiempo sin contacto con la naturaleza y sin acceso a espacios verdes pueden verse afectadas a nivel psicológico?
A pesar de que no aparece en los manuales de psicología, la comunidad científica ha aceptado ya el trastorno por déficit de naturaleza (TDN). Y los principales afectados son los niños.
El TDN es un concepto que describe el conjunto de efectos físicos, psicológicos y cognitivos asociados a la falta de contacto regular con entornos naturales. No se trata de un diagnóstico clínico reconocido en los manuales de psiquiatría, sino de una noción desarrollada en el ámbito de la psicología ambiental. Ésta ha sido divulgada por el periodista Richard Louv para señalar un fenómeno creciente en sociedades urbanizadas: la desconexión progresiva entre las personas y la naturaleza.
Este concepto surge de la observación, especialmente en niños y adolescentes, de que la reducción del tiempo al aire libre y el aumento de la vida en interiores —mediada por pantallas, rutinas estructuradas y entornos urbanos densos— puede estar relacionada con alteraciones en el bienestar emocional y en ciertas funciones cognitivas. Aunque no implica una patología en sentido estricto, sí funciona como un marco explicativo útil para comprender determinados malestares.
Desde la psicología y la neurociencia se ha investigado cómo los entornos naturales influyen en la regulación del estrés y la atención. Una de las hipótesis más aceptadas es la teoría de la restauración de la atención. Ésta sostiene que los ambientes naturales favorecen la recuperación de la fatiga mental. A diferencia de los entornos urbanos, caracterizados por estímulos constantes, la naturaleza permite un tipo de atención más suave y espontánea. Esto facilita el descanso cognitivo.
¿Qué ocurre cuando no hay contacto con la naturaleza?
Cuando esta exposición a la naturaleza se reduce de forma significativa, pueden aparecer una serie de manifestaciones que, sin ser específicas ni exclusivas, se han asociado a este fenómeno. Entre ellas, la dificultad para mantener la atención sostenida, mayor irritabilidad, sensación de cansancio mental, alteraciones del sueño y menor tolerancia al estrés.
En el caso de los niños, algunos estudios han explorado la relación entre la falta de juego al aire libre y el aumento de conductas asociadas a problemas de atención, aunque siempre subrayando que se trata de correlaciones complejas y no de relaciones causales directas.
Las causas del déficit de naturaleza son múltiples y estructurales. La urbanización acelerada ha reducido el acceso a espacios verdes, y a su vez, el incremento del uso de dispositivos móviles ha hecho aumentar el sedentarismo en zonas interiores.
Las consecuencias de esta desconexión no se limitan al bienestar individual. También tienen implicaciones en la relación colectiva con el entorno. Diversos autores han señalado que la pérdida de contacto directo con la naturaleza “puede disminuir la sensibilidad ecológica, reduciendo la percepción de interdependencia con los sistemas naturales».
En definitiva, el trastorno por déficit de naturaleza no debe entenderse como una etiqueta clínica, sino como una alerta sobre un desequilibrio en el estilo de vida contemporáneo. Recuperar el contacto con la naturaleza no solo implica una mejora en el bienestar psicológico, sino también una forma de reequilibrar nuestra relación con el entorno del que formamos parte.
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¿Y si me equivoco? Cómo superar el miedo a tomar decisiones
Tomar decisiones es, en esencia, elegir un camino y renunciar a otros. Y es precisamente esa renuncia la que, en muchas ocasiones, nos bloquea. Nos quedamos detenidos en la intersección, esperando una señal externa o una certeza absoluta que, lamentablemente, rara vez llega.
El miedo a tomar decisiones es más común de lo que parece. Muchas personas posponen elecciones importantes —e incluso decisiones cotidianas— por miedo al “¿y si me equivoco?” o al “¿qué pasará después?”.
Si te reconoces en esta situación, no estás solo. La dificultad para decidir suele estar relacionada con la ansiedad, la inseguridad o el miedo al error.
¿Por qué nos da miedo tomar decisiones?
En realidad, el miedo no suele estar en la decisión en sí, sino en las consecuencias que imaginamos. Nuestro cerebro intenta anticipar todos los escenarios posibles para evitar equivocarse, pero este exceso de análisis puede terminar generando bloqueo.
Entre las causas más frecuentes del miedo a decidir se encuentran:
1. Miedo a equivocarse: Muchas personas han aprendido que cometer errores tiene consecuencias negativas o que equivocarse es una señal de fracaso. Esto genera la sensación de que cada decisión debe ser perfecta, lo que aumenta la presión y dificulta elegir.
2. Perfeccionismo: El perfeccionismo puede provocar la necesidad constante de encontrar la mejor opción posible. Cuando ninguna alternativa parece lo suficientemente buena, aparece la parálisis.
3. Baja confianza en uno mismo: Si una persona duda de su propio criterio, es más probable que tema tomar decisiones. La inseguridad puede llevar a pensar que cualquier elección será incorrecta o que otros sabrían decidir mejor.
4. Exceso de opciones: Vivimos en una época con múltiples alternativas para casi todo: trabajo, ocio, consumo o relaciones. Este fenómeno, conocido como “parálisis por análisis”, puede hacer que elegir resulte más difícil y genere ansiedad.
No elegir también es una elección
A veces, para reducir la ansiedad, intentamos evitar el momento de la verdad. Sin embargo, esta estrategia de evitación tiene el efecto contrario: aumenta el malestar a largo plazo.
Cuando posponemos una elección de forma constante:
- Aumentan las dudas y la rumiación mental.
- Crece la sensación de falta de control sobre tu propia vida.
- Se refuerza la creencia de que no somos capaces de decidir por nosotros mismos.
A la larga, esta dinámica genera una fuerte dependencia de la opinión ajena y una inseguridad crónica.
Estrategias psicológicas para superar el bloqueo al decidir
Aceptar que tomar decisiones implica incertidumbre es el primer paso para reducir la ansiedad. Aquí tienes algunas pautas prácticas:
1. Olvida la «decisión perfecta». No existe un camino sin riesgos. Aspira a tomar decisiones suficientemente buenas en lugar de perfectas. El perfeccionismo es el enemigo de la acción.
2. Pon fecha de caducidad a tu análisis. Limita el tiempo que dedicas a dar vueltas a las opciones. Establece un plazo (por ejemplo, 24 horas para decisiones medianas) para evitar la rumiación constante.
3. Reinterpreta el error como aprendizaje. En lugar de ver el error como un fracaso personal, míralo como información de retorno. Si algo no sale bien, ahora tienes más datos para tu próxima elección.
4. Entrena el «músculo» de la decisión. Empieza por decisiones pequeñas y cotidianas (qué comer, qué ropa ponerte) sin pedir opinión a nadie. Esto fortalecerá progresivamente tu confianza en tu propio criterio.
Recuerda que no decidir también es una decisión, pero es una que te deja a merced de las circunstancias o de los demás. Tomar las riendas, con miedos y todo, es el acto de autocuidado más valiente que puedes realizar.
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La presión por la «Navidad perfecta»
Familia unida, cenas ricas, regalos bonitos, buen humor y todos felices. Esto parece ser sinónimo de Navidad. Sin embargo, para muchas personas no es así. Y a pesar de ello sienten la presión de hacerlo todo bien.
La idea de la “Navidad perfecta» la aprendemos en anuncios, películas, redes sociales… Y todo ello acarrea una de lista de exigencias:
- Estar felices (o parecerlo)
- Disfrutar de la familia sin conflictos
- Preparar comidas especiales
- Elegir regalos
- Llegar a todo
El problema no es querer disfrutar, es sentir que tenemos que hacerlo sí o sí. Y no todo el mundo lo disfruta.
De hecho, la Navidad se convierte en una fuente de estrés bastante común, debido a:
- Autoexigencia a tope: intentamos ser buenos hijos, buenas madres o padres, buenas parejas, buenos anfitriones… todo a la vez y en pocos días. Por eso, no es extraño acabar con la sensación de que nunca es suficiente.
- Comparación constante: las redes sociales nos muestran mesas preciosas, familias sonrientes, regalos perfectos. Y comparar nuestra vida real con esos momentos “editados” suele dejarnos con una sensación incómoda de “yo no estoy viviendo esto como debería”.
- Emociones que no encajan: tristeza, duelo, soledad o simplemente desgana parecen no tener sitio en Navidad. Y cuando aparecen, muchas personas sienten culpa por no estar disfrutando “como toca”.
- Familias que no son de anuncio: las reuniones navideñas no borran los conflictos previos. A veces los amplifican y se generan tensiones y silencios incómodos justo cuando se supone que todo debería ir bien.
No disfrutar la Navidad no te hace raro
Esto es importante decirlo claro: no vivir la Navidad con ilusión no significa que haya algo mal en ti.
Las emociones no entienden de calendario. No se activan porque sea diciembre ni desaparecen porque haya luces en la calle. Sentirse cansado, triste o indiferente también es una experiencia válida.
La presión de la Navidad perfecta no habla de falta de gratitud ni de actitud negativa. Habla de expectativas poco realistas y de la dificultad de ser humanos en fechas donde parece que no se nos permite serlo.
Quizá una Navidad más sana no sea la más bonita para las fotos, sino la que deja un poco más de espacio para respirar.
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¿Cómo nos afecta el cambio horario de invierno?
Un otoño más, (no sabemos si será el último) nos enfrentamos a un nuevo cambio de hora. En la madrugada de este domingo. 26 de octubre, el reloj se retrasará una hora y a las 3:00 serán las 2:00. Teóricamente “ganamos” 60 minutos, pero en la práctica muchas personas notan que algo se desajusta.
Cuesta levantarse, se percibe más cansancio durante el día e incluso hay a quienes les cambia el estado de ánimo.
A continuación, vamos a explicar la razón por la que ocurre esto y cómo podemos sobrellevarlo mejor.
Nuestro reloj interno se desincroniza
El cuerpo humano funciona según un reloj biológico interno, que se conoce como ritmo circadiano. Éste regula los ciclos de sueño, hambre, temperatura corporal y hasta el estado de ánimo. Se sincroniza principalmente con la luz solar.
Cuando cambiamos la hora, esa sincronización se altera: amanece antes y anochece más temprano. En invierno, los días más cortos y con menos luz afectan directamente la producción de melatonina y serotonina, dos hormonas clave para el sueño y el bienestar emocional.
Consecuencias comunes del cambio horario
Aunque el cambio de una hora pueda parecer insignificante, el cuerpo necesita entre 3 y 7 días para adaptarse completamente. Durante ese tiempo, es normal experimentar:
- Somnolencia diurna o dificultad para concentrarse.
- Desajustes en el sueño: acostarse más tarde o despertarse antes de lo habitual.
- Cambios de humor: irritabilidad, apatía o tristeza.
- Aumento del apetito o antojos de carbohidratos.
En personas con una sensibilidad mayor al cambio de luz —como quienes padecen trastorno afectivo estacional (TAE)— estos efectos pueden ser más intensos.
¿Cómo afecta la luz al estado de ánimo?
Con la llegada del horario de invierno, muchas personas experimentan un descenso anímico. Esto se debe a que la falta de luz natural reduce la serotonina, un neurotransmisor asociado al bienestar y la motivación.
Consejos para adaptarse mejor al horario de invierno
- Aprovecha la luz natural. Sal a caminar por la mañana o durante el mediodía. La exposición al sol ayuda a reajustar el reloj biológico.
- Mantén horarios regulares. Intenta acostarte y levantarte a la misma hora, incluso los fines de semana.
- Reduce la luz artificial por la noche. Especialmente la de pantallas (móvil, ordenador, televisión), que puede retrasar la liberación de melatonina.
- Cuida la alimentación. Evita cenas copiosas y prioriza alimentos ricos en triptófano (como plátano, avena o frutos secos), que favorecen el sueño.
- Haz ejercicio. Mejora la energía y el estado de ánimo, además de regular el descanso nocturno.
- Y escucha a tu cuerpo. Si el cansancio o el malestar persisten más de un par de semanas, puede ser útil consultar con un profesional de la salud mental.

¿Por qué es importante que haya un Día Mundial de la Prevención del Suicidio?
Cada 10 de septiembre se conmemora el día Mundial de la Prevención del Suicidio.
Lejos de ser una fecha aislada en el calendario, este día busca recordarnos que es necesario hablar de salud mental, y que pedir ayuda nunca es un signo de debilidad, sino de valentía.
Cada 10 de septiembre sirve para visibilizar la importancia de que, igual que cuidamos nuestra salud física, debemos cuidar también nuestra salud mental, romper el silencio y acompañar a quienes atraviesan momentos difíciles.
Cada año, miles de personas en el mundo pierden la vida por un suicidio. Y detrás de cada una de ellas hay una historia, una familia, unos amigos y un entorno que queda profundamente afectado y dolido.
Es por eso que este día nos invita a reflexionar sobre la necesidad de romper el silencio de un tema que suele ser tabú, a olvidarnos de los estigmas y a abrir conversaciones sinceras sobre lo que significa atravesar momentos de dolor emocional.
Hablar salva vidas
Cuando alguien se siente escuchado sin juicios, encuentra una mano tendida o un espacio seguro para compartir lo que siente, aumenta la posibilidad de seguir adelante. La prevención comienza en preguntar cómo está de verdad un amigo, acompañar sin presionar y mostrar interés.
Cuidar la salud mental implica reconocer nuestras emociones, normalizar la búsqueda de ayuda profesional y entender que no estamos solos. También significa educar y sensibilizar para que, como sociedad, dejemos de ver el suicidio como un tema tabú y empecemos a abordarlo con empatía.
Si tú, o alguien cercano, atraviesa un momento difícil, piensa que no estás solo/a. Acudir a un profesional de la salud mental, buscar apoyo o hablar con alguien de confianza puede ayudarte.
En Psicología Mavi podemos ayudarte
La prevención del suicidio es un tema que en Psicología Mavi estamos especializados. Concretamente, Ángela Rodríguez, responsable de este proyecto, posee una amplia formación y experiencia.
Según sus propias palabras “es un tema que me apasiona, porque estoy convencida de la importancia que desempeña el papel de la prevención”.
Considera necesario dar a conocer el protocolo de actuación en estos casos, y también hacer entender a las personas que sí deben tomarse en serio los pequeños avisos que les puedan dar sus allegados, porque, de la ideación suicida al suicidio ejecutado, solo pasa un segundo.
Y este convencimiento es tan fuerte por los resultados obtenidos en el estudio que llevó a cabo durante la pandemia, en el año 2020.
Su formación y experiencia adquirida es la que pone en práctica actualmente en consulta para ayudar a todas aquellas personas que lo necesitan.
Así que, si eres una de ellas, no dudes en contactar con nosotros. Sabemos cómo ayudarte.
También te recordamos que El Ministerio de Sanidad promueve la Línea 024 de atención a la conducta suicida.
Se trata de una línea telefónica de ayuda a las personas con pensamientos, ideaciones o riesgo de conducta suicida, y a sus familiares y allegados, básicamente a través de la contención emocional por medio de la escucha activa por los profesionales del 024, la recomendación de que contacten con los servicios sanitarios del SNS o la derivación al 112 en los casos en los que se aprecie una situación de emergencia. En caso de emergencia vital inminente puede llamar directamente al teléfono de emergencias 112.
Talleres de prevención del suicidio
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¿Cómo nos sentimos los psicólogos cuando una persona deja la terapia?
Como psicólogos, somos conscientes de que no todas las personas que acuden a consulta están listas para avanzar en su proceso terapéutico. En ocasiones, por su actitud o comportamiento, intuimos que aún no es su momento. Pero eso no significa que no estemos haciendo bien nuestro trabajo.
Nuestro papel es ofrecer herramientas, acompañamiento y claridad. Sin embargo, hay quienes aún no están preparados para recibir e integrar lo que les brindamos. Esto no siempre se debe a falta de compromiso o voluntad. A veces, existen bloqueos emocionales profundos que impiden avanzar, simplemente porque todavía no es el momento adecuado para ellos.
De hecho, hay personas que logran identificar cuál es su problema durante las primeras sesiones y, poco a poco, dejan de asistir. No porque no les importe, sino porque no están listas para actuar en consecuencia y enfrentar el cambio que ello implica.
Las “dos fases” de la terapia
En todo proceso terapéutico hay “dos fases”.
La primera consiste en descubrir qué motivo ha llevado a la persona a pedir ayuda: identificar el origen de su malestar y darle un nombre.
La segunda implica poner en marcha los cambios necesarios para transformar aquello que les impide estar bien.
Es en esta segunda fase donde muchas veces se produce el abandono de la terapia. Y no porque no haya sido útil, sino porque no todas las personas están preparadas para enfrentarse a ese cambio, al menos en ese momento. Las razones pueden ser muchas y muy personales.
Por eso, cuando alguien decide dejar la terapia, no significa que el psicólogo haya fallado o que no haya sido capaz de ayudar. En muchos casos, sí hemos logrado acompañar al paciente en una parte importante del camino: identificar su problema y empezar a tomar conciencia de él. Pero si esa persona decide no continuar, debemos aceptar que el cambio solo es posible cuando el otro está dispuesto a hacerlo.
Antes de terminar, quiero dedicar este post a todos nosotros, los psicólogos. Es importante resaltar que no somos responsables cuando una persona decide abandonar la terapia. Nuestro rol es acompañar, guiar y brindar herramientas, y lo hacemos con compromiso y vocación. No tenemos control sobre las decisiones de nuestros pacientes, pero sí podemos sentirnos orgullosos de haber dado lo mejor de nosotros. Cada paso que damos en consulta cuenta, y aunque algunos caminos se interrumpan, nuestra labor sigue siendo valiosa.
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El cortisol y su papel en el bienestar psicológico
Es conocida como la hormona del estrés y juega un papel importante en el bienestar psicológico de las personas.
Hablamos del cortisol y nuestro cuerpo la produce todos los días, especialmente por la mañana, cuando su nivel es más alto. A medida que pasan las horas va disminuyendo.
Nos permite reaccionar ante distintas situaciones que puedan suponer una amenaza. Sin embargo, su exceso o desequilibrio en el organismo puede tener efectos negativos. En este caso, provoca problemas de ansiedad, depresión, dificultad para concentrarse o alteraciones en el sueño.
Efectos de unos niveles óptimos de cortisol
En condiciones normales, y con unos niveles adecuados, el cortisol tiene distintas funciones:
- Ayuda al cuerpo a responder a situaciones de estrés físico o emocional.
- Regula el metabolismo, ayudando a utilizar la glucosa y las grasas para obtener energía.
- Reduce la inflamación en el cuerpo.
- Regula la presión arterial
- Influye en la respuesta del sistema inmunológico.
- Ayuda a regular el ritmo circadiano, incluyendo el ciclo sueño.
- Participa en la consolidación de recuerdos.
¿Qué eleva eleva el cortisol?
Un exceso de cortisol puede tener efectos muy negativos, como los que hemos indicado al inicio del texto y que veremos a continuación.
Pero antes, queremos enumerar algunas causas que hacen que el cortisol en nuestro cuerpo se incremente y que nuestro mundo sea más hostil:
- Tener incertidumbre constante
- Vivir con miedo
- Estar bajo presión provocada por algo o alguien
- Vivir bajo control
Efectos del exceso de cortisol en la salud mental
El exceso de cortisol, provocado por las causas enumeradas anteriormente, o por otras, genera estrés crónico, y cuando el estrés es crónico y el cortisol permanece elevado durante largos periodos, puede causar:
1. Ansiedad: el exceso de cortisol puede hiperactivar el sistema nervioso simpático, lo que genera una sensación constante de alerta o amenaza.
2. Depresión: niveles elevados de cortisol están relacionados con cambios en áreas del cerebro como el hipocampo, que se asocian con síntomas depresivos.
3. Deterioro cognitivo: el cortisol en exceso puede afectar la memoria y la capacidad de concentración, ya que daña células en el hipocampo, una región clave para el aprendizaje.
4. Trastornos del sueño: el cortisol alto, especialmente por la noche, interfiere con el ritmo circadiano, dificultando el sueño reparador.
5. Fatiga emocional: la exposición prolongada al estrés lleva a una sensación de agotamiento mental y emocional.
¿Cómo mantener el cortisol bajo control?
Para tener unos niveles de cortisol adecuados es recomendable:
- Realizar ejercicio moderado (no excesivo, porque eso puede aumentarlo).
- Dormir bien, al menos 7 horas.
- Llevar una buena alimentación (evitar azúcar en exceso y cafeína en exceso).
- Y tener apoyo social y emocional.
Para resumir, el cortisol es esencial, pero su desequilibrio, especialmente por estrés crónico, puede dañar el bienestar psicológico. Regular los niveles de cortisol es clave para mantener una buena salud mental y emocional.
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