
Cómo afrontar emocionalmente una tragedia inesperada
Hay noticias que nos obligan a detenernos. El accidente ferroviario ocurrido hoy, 28 de octubre, en Toledo es una de ellas. Mientras conocemos las primeras informaciones, pensamos en las personas afectadas y en sus familias, pero también aparece una sensación difícil de explicar: ¿por qué nos impacta tanto algo que no nos ha sucedido directamente?
La respuesta tiene mucho que ver con nuestra necesidad de sentirnos seguros.
Subimos a un tren, conducimos nuestro propio coche, caminamos por la calle o despedimos a alguien que sale de casa dando por hecho que todo seguirá su curso.
No solemos detenernos a pensar que algo puede cambiar de forma inesperada. Y esa confianza nos permite vivir sin estar permanentemente alerta. Sin embargo, cuando sucede una tragedia, esa percepción de seguridad puede tambalearse.
Cuando el miedo también nos alcanza desde la distancia
No hace falta vivir una experiencia traumática en primera persona para sentir su impacto emocional. Las imágenes, los testimonios y las noticias pueden despertar miedo, tristeza, impotencia o preocupación, especialmente cuando nos identificamos con las personas afectadas o imaginamos qué habríamos hecho si hubiéramos estado allí.
Es una reacción humana. Nuestro cerebro intenta comprender lo ocurrido, anticipar posibles peligros y encontrar explicaciones que nos permitan recuperar cierta sensación de control.
Por eso, después de una noticia así, algunas personas necesitan seguir la actualidad minuto a minuto, consultar las redes sociales o hablar repetidamente sobre lo sucedido. Otras prefieren apartarse de las imágenes y guardar silencio. No existe una única manera de reaccionar ante una tragedia.
Lo importante es recordar que sentir miedo no significa ser débil, del mismo modo que no mostrarlo exteriormente no significa que algo no nos afecte.
La necesidad de encontrar respuestas
Ante un acontecimiento inesperado, queremos saber qué ha pasado, por qué ha sucedido y si podría haberse evitado. Comprender nos ayuda a ordenar mentalmente una realidad que, de pronto, parece difícil de aceptar.
Pero cuando la información todavía es incompleta, esa necesidad de respuestas puede convertirse en una fuente adicional de angustia. Consultar continuamente las noticias, buscar hipótesis o compartir información sin confirmar no siempre nos ayuda a sentirnos mejor. En ocasiones, mantiene nuestra atención atrapada en el suceso y aumenta la inquietud.
¿Qué podemos hacer? Informarnos a través de fuentes fiables, limitar la exposición repetitiva a imágenes impactantes y aceptar que, al menos durante un tiempo, habrá preguntas sin respuesta.
No se trata de mirar hacia otro lado, sino de encontrar una forma de estar informados sin quedar emocionalmente desbordados.
No tenemos que encontrar una explicación para todo
También puede aparecer una sensación de impotencia. Nos duele pensar en quienes han sufrido el accidente, en sus familiares y en todas las vidas que pueden cambiar a partir de un instante. Y, ante ese dolor, a veces intentamos encontrar rápidamente una frase que lo alivie o una explicación que nos permita cerrar lo sucedido.
Sin embargo, hay situaciones en las que no existen palabras suficientes. Acompañar no siempre significa encontrar una solución. A veces consiste en escuchar, mostrar cercanía y respetar el silencio de quien está sufriendo.
Si conocemos a alguien afectado directamente por una tragedia, podemos ofrecer nuestra ayuda sin exigirle que hable, o escuchando si necesita explicar cómo se siente. Cada persona necesita su propio tiempo.
Volver al presente sin sentirnos culpables
Después de una noticia tan dolorosa como la de este 28 de octubre, continuar con nuestra rutina puede resultar extraño. Podemos sentir que no tiene sentido preocuparnos por nuestras tareas cotidianas mientras otras personas atraviesan una situación terrible.
Pero seguir con nuestra rutina no significa que todo lo ocurrido nos sea indiferente. Podemos sentir tristeza, mostrar solidaridad y, al mismo tiempo, atender nuestras propias necesidades.
Si la noticia nos ha generado ansiedad, puede ayudar volver a lo inmediato: respirar despacio, dar un paseo, conversar con alguien de confianza o dedicar un rato a una actividad que nos permita desconectar. No se trata de borrar lo ocurrido, sino de recordarle a nuestro cuerpo que, en este momento, podemos atender a lo que tenemos delante.
Si el malestar es intenso, persiste o interfiere en nuestra vida diaria, buscar apoyo psicológico también puede ser una forma de cuidarnos.
Hay acontecimientos que nos recuerdan nuestra vulnerabilidad, pero no tenemos que vivir permanentemente pendientes de que ocurra algo malo. Podemos aceptar que no controlamos todas las circunstancias sin renunciar a la confianza necesaria para seguir adelante.
Hoy, quizá, lo más importante no sea encontrar una explicación para todo, sino recordar que detrás de cada noticia hay personas, familias y vidas que merecen respeto. Y que, frente a lo inesperado, la empatía y el cuidado también son formas de acompañar.
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¿Cómo influye el tiempo en nuestro estado de ánimo?
Estamos a 11 de febrero y llevamos semanas con lluvia casi constante, —en algunas zonas como la nuestra, Ávila, nieve también—, cielos grises y poca luz. Ante este panorama, muchas personas comentan lo mismo: “estoy más apagada”, “me cuesta más arrancar por las mañanas”, “no tengo ganas de nada”.
Y no es casualidad. El tiempo meteorológico puede influir en cómo nos sentimos.
¿De verdad el tiempo afecta al estado de ánimo?
Sí, puede hacerlo. No a todo el mundo por igual, pero sí a muchas personas. Nuestro cuerpo y nuestro cerebro están conectados con el entorno. La luz, la temperatura y los cambios de estación influyen en nuestros ritmos biológicos, en el sueño y en nuestros niveles de energía.
Cuando hay menos horas de luz natural, como ocurre en periodos prolongados de lluvia y cielos cubiertos, es habitual notar:
- Más cansancio.
- Más dificultad para concentrarse.
- Sensación de apatía o desmotivación.
- Mayor tendencia al aislamiento.
- Más sensibilidad emocional.
No significa que estemos “mal” ni que tengamos necesariamente un problema psicológico. En muchos casos, es una reacción normal a un entorno que también está más apagado.
La importancia de la luz
La luz natural tiene un papel clave en la regulación de nuestros ritmos internos. Nos ayuda a mantener un ciclo sueño-vigilia estable y a sentirnos más activados durante el día.
Cuando pasamos muchos días con poca luz:
- Nuestro cuerpo puede sentirse más lento.
- Nos cuesta más despertarnos.
- Aumenta la sensación de pesadez.
Es como si el exterior nos invitara constantemente a quedarnos en pausa.
El efecto psicológico de los días grises
Más allá de lo biológico, también está el componente simbólico y emocional. El clima influye en nuestros planes y en nuestra vida social. Cuando llueve sin parar:
- Salimos menos.
- Cancelamos actividades.
- Reducimos el contacto social espontáneo.
- Pasamos más tiempo en casa.
Y el aislamiento, aunque sea leve y temporal, puede afectar al ánimo.
Además, los cielos grises y la lluvia constante pueden generar una atmósfera que asociamos con tristeza o melancolía. A veces, el entorno actúa como un amplificador de cómo ya nos sentíamos.
¿Cuándo debemos prestar atención?
Es importante diferenciar entre:
- Un bajón puntual relacionado con el clima.
- Un estado de ánimo bajo que se mantiene en el tiempo y afecta de forma clara al funcionamiento diario.
Si la tristeza es intensa, dura semanas, interfiere con el trabajo o las relaciones, o aparece una sensación persistente de desesperanza, conviene buscar ayuda profesional. El clima puede influir, pero no lo explica todo.
¿Qué podemos hacer en periodos largos de lluvia?
Aunque no podamos cambiar el tiempo, sí podemos cuidar cómo nos afecta.
Algunas recomendaciones sencillas:
- Aprovechar al máximo la luz natural: abrir cortinas, colocarnos cerca de ventanas.
- Mantener rutinas estables de sueño.
- Salir a caminar, aunque esté nublado (si es posible y seguro).
- Mantener el contacto social, aunque sea con planes sencillos.
- Hacer pequeñas actividades agradables en casa que generen sensación de bienestar.
- Ser amables con nosotros mismos si notamos menos energía.
No se trata de obligarnos a estar alegres cuando el cuerpo pide más calma, sino de acompañarnos con conciencia.
Un mensaje importante
Sentirse más apagado en épocas de lluvia constante es humano. No es debilidad. No es falta de voluntad. Nuestro estado emocional no está desconectado del entorno.
Quizá estos días grises también puedan ser una invitación a bajar el ritmo, a escuchar lo que necesitamos y a tratarnos con más cuidado.
Y si notas que el gris se ha instalado por dentro y no se va, pedir ayuda también es una forma de autocuidado.
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Síndrome post-examen: qué es y cómo afrontarlo
Hace unos días los estudiantes de Bachillerato se sometieron a la Prueba de Acceso a la Universidad (antigua selectividad). Esto les ha tenido durante todo un curso bajo la presión de alcanzar la nota que marcará el futuro de sus estudios.
Y aunque no ocurre en todos los casos, es posible que tras realizar el examen, tanto ellos, como otros estudiantes sometidos a ese estrés, sientan una sensación de vacío, tristeza y falta de motivación. Es lo que se conoce como el síndrome post-examen.
¿En qué consiste el síndrome post-examen?
Tras estar durante un tiempo sometido a la presión de uno o varios exámenes importantes, el cuerpo responde al estrés de estas pruebas con una liberación de hormonas, como la adrenalina.
Una vez que se elimina esa presión del examen, el cuerpo puede experimentar fatiga y un cambio en la rutina. Esto puede generar sensación de:
- Vacío emocional: es ese sentimiento de falta de propósito o motivación.
- Tristeza o apatía: es cuando uno se siente desanimado o sin ganas de hacer cosas.
- Falta de energía: sentir cansancio y no tener ganas de realizar actividades.
¿Cómo afrontarlo?
1 En primer lugar, es importante aceptar que es normal sentirse así después de un periodo de exámenes.
2 En segundo lugar, los estudiantes deben volver a esas actividades con las que disfrutaban antes de los exámenes.
3 También se debe de dar un descanso al cuerpo y la mente para que se recuperen del estrés al que se han sometido.
4 Por otro lado, igual de importante es buscar nuevas actividades o intereses para reorientar la energía y la motivación.
Y en caso de que los síntomas persistan o empeoren, sería necesario buscar ayuda profesional de un psicólogo.
El síndrome post-examen es una experiencia común que requiere de un manejo adecuado para evitar que se convierta en un problema más grave. Identificar los síntomas, reconocer los sentimientos, buscar apoyo y reincorporarse gradualmente a actividades que brinden placer y motivación son clave para superar esta etapa.
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El síndrome de la madre (o el padre) ausente
El próximo domingo, 5 de mayo, se celebra el día de la madre.
Sin embargo, hay muchas personas para las que no es agradable celebrar este día.
Y no porque no tengan madre, sino porque no está (o no ha estado) presente en su día a día.
Estas personas sufren el síndrome de la madre (o padre, porque también puede darse en la figura paterna) ausente.
El hecho de que una madre (o padre) no esté presente en la vida diaria de sus hijos puede deberse a múltiples causas. Largas jornadas laborales, traslado laboral, divorcio, pero también puede tratarse de una ausencia emocional. Y esto puede provocar en los hijos un profundo sufrimiento.
¿Qué provoca en los niños?
La ausencia emocional por parte de los progenitores genera en los hijos una sensación de abandono, provocada por la falta de cariño que, a su vez, impacta directamente en su desarrollo físico, mental y afectivo.
Esa necesidad de amor no cubierta provoca también sensación de malestar, de soledad y de vacío. Y para llenar ese hueco, los hijos se enfrentan a una constante búsqueda de aprobación por parte de terceros.
Además, las personas que padecen el síndrome de la madre o el padre ausente son, en general, más inseguros. También tienen baja autoestima y les es difícil gestionar sus emociones. A lo largo de su vida pueden padecer tristeza, desinterés, desmotivación e incluso llegar a la depresión.
Así que, si todo esto está provocado por la ausencia de su padre o su madre, ¿Cómo van a querer celebrar su día? A contrario, puede causar en ellos un profundo dolor.
¿Cómo pueden ser de adultos?
Hay que tener en cuenta también que los niños que han sufrido la ausencia emocional de sus padres, cuando crecen, pueden repetir los patrones de conducta con los que se han educado.
Es decir, es muy posible que establezcan relaciones tóxicas ante esa necesidad de encontrar el afecto que les ha faltado de su padre o de su madre. También puede que tengan miedo al abandono. E incluso con sus propios hijos podrían repetir el patrón de estar ausentes o, por el contrario, pasar a ejercer una sobreprotección.
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Síndrome del Nido Vacío ¿Qué es y cómo superarlo?
En muchas familias, cuando los hijos se van de casa a estudiar o por motivos de trabajo, los padres experimentan un conjunto de emociones y sentimientos que en psicología llamamos el Síndrome del Nido Vacío.
Se trata de una respuesta emocional que tienen los progenitores ante la ausencia de sus hijos en el hogar.
De acuerdo a las características de la personalidad que posea cada persona, este síndrome se puede experimentar de una forma u otra. Lo más común es que los padres experimenten un sentimiento de tristeza, anhelo, pérdida y dolor al ver a sus hijos “volar”, al ver que han crecido y que ya no les necesitan.
En realidad, el Síndrome del Nido Vacío no deja de ser un duelo. Y como todo duelo tiene sus etapas que son: negación, ira, negociación, depresión y, finalmente, aceptación.
Su duración dependerá de ese proceso de duelo. Así, cuando más se aferren al pasado, al recuerdo del hijo que ha crecido y ha hecho su vida, más se tardará en superarlo.
Hay quienes lo sufren unas semanas, a otras les dura algunos meses y habrá quienes estén incluso años con este sentimiento. Una manera de ayudarse a uno mismo es abandonar la comodidad de los recuerdos vividos y centrarse en el presente.

¿Cómo superarlo?
Hay pequeñas cosas que se pueden hacer en el día a día para que así, quienes sufren este síndrome, lo lleven lo mejor posible. A continuación enumero algunas de ellas:
- Prepararse para la llegada de ese momento, tarde o temprano llegará el día en el que los hijos sean independientes.
- Alegrarse por ello, por haber logrado esa independencia.
- Reconocer la pena: es normal echarles de menos cuando se marchan.
- No perder el contacto a través de visitas, llamadas, mensajes. Aunque el hijo se vaya de casa el vínculo afectivo no debería perderse.
- Aprovechar para vivir nuevas experiencias, hacer cosas que antes, con el cuidado de la familia, no podías hacer por falta de tiempo.
- Impulsar la relación de pareja o buscar una nueva.
- Fomentar las amistades que se hayan podido quedar deterioradas por centrarse en el cuidado de los hijos.
Y en caso no ser capaz de llevar a cabo estas recomendaciones y de que ese sentimiento de tristeza se prolongue demasiado en el tiempo, no hay que dudar en pedir ayuda a un profesional para aprender a gestionar ese sentimiento, tratar aquellas cuestiones que te hacen sentirte mal y así poder vivir con mayor tranquilidad y equilibrio emocional.
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